A propósito de una noticia publicada en Nature
Ayer, en su edición del 10 de agosto, La Revista Nature publicó en su sección News, el artículo de Declan Butler titulado “AIDS vaccine research becomes ‘big science’”.
El breve trabajo me ha llamado la atención por lo que plantea y cómo ha surgido el tema. La actividad científica y la de investigación está sujeta a una serie de variables que dependen de muchos factores y que van mas allá de lo que la gente cree en la calle: “el bien común”, “el bien para la humanidad”, etc. Quizás haya algún científico que también lo crea.
Los grupos de científicos son personas que forman parte de una sociedad y cultura y que, como el resto de ciudadanos de ésta, tienen su personalidad, sus metas y objetivos, su conducta, sus intereses económicos, de reconocimiento social, etc. Como siempre, una cosa son los sabres científicos y otra la práctica científica, hecho que en medicina es muy patente.
Respecto a los estudios que se están desarrollando en este momento sobre el logro de una vacuna contra el Sida, el problema ha surgido cuando la Fundación Bill Gates (exactamente Bill & Melinda Gates Foundation) anunció hace poco que iban a destinar muchos millones de dólares a este fin. Pero hay una condición, que los grupos de investigación se organicen en grandes consorcios que compartan datos, planifiquen conjuntamente el trabajo con objetivos comunes y claros. Por otro lado se exige también que la patente o las patentes puedan llegar a los países subdesarrollados a costes muy bajos. En algún blog he llegado a leer que esto no es precisamente la política de la empresa de Gates, que siempre ha huído de compartir algo, es decir, de alejarse de lo que conocemos como software libre o de código abierto; pero esto es otro tema.
Aunque a primera vista esto parece de sentido común, han surgido controversias entre los investigadores que se dedican al tema y, especialmente, entre quienes ya disfrutan de cuantiosas subvenciones. Otros han puesto el grito en el cielo sobre la selección de los candidatos.
Todo esto nos hace reflexionar sobre la conducta de los científicos y qué intereses les mueven a veces. Señalo esto por la vorágine que vive nuestro país a propósito de las excelencias, el contrato de “cracs científicos”, la subvención de determinadas líneas de investigación, etc. Una cosa parece patente: los científicos somos muy poco autocríticos.





