Sobre la miseria de los pueblos como madre de las enfermedades

Lgo Blog Action Day

Blog Action Day es una iniciativa solidaria que propone cada 15 de octubre un tema para que todos los boggers se unan a la campaña y consigan un efecto multiplicador y una mayor concienciación en todo el mundo. Este año se dedica a la pobreza. Para tal ocasión he seleccionado un conocido texto de Johann Peter Frank (1745-1821), médico alemán que fue el principal iniciador de la higiene pública. Cuando estuvo en Lombardía pronunció el contundente discurso De populorum miseria morborum genitrice (Sobre la miseria de los pueblos como madre de las enfermedades, 1790). Del mismo hemos extraído unos párrafos:

Oratio acad. De populorum miseria, morborum genitrice (1790).

“Debido a que cada clase social sufre las enferme­dades determinadas por su diferente modo de vivir, el rico y el pobre tienen padecimientos peculiares bajo cualquier forma de gobierno. No voy a dedicar, sin embargo, mi discurso a las enfermedades originadas por la inevitable ley de la disparidad social, sino a la consideración de las tremendas consecuencias que para la salud pública tiene la extrema pobreza que oprime útil la parte más numerosa y útil de la población…

 Apenas han alcanzado la adolescencia, los hijos de la miseria son obligados por la pobreza de sus padres a realizar trabajos excesivamente penosos. Pierden en sudor los líquidos destinados al desarrollo de su orga­nismo. De aquí la falta de delicadeza, simetría y per­fección natural. De aquí la decadencia de la raza hu­mana, tan evidente en esta clase social como en los animales domésticos. Los organismos obligados a tra­bajos prematuros no crecen, y pierden gracia, fuerza y prestancia. Ésta es la razón por la que a menudo to­mamos a un muchacho campesino por un adulto, con­fundidos por su cara y por la rigidez de sus miembros. Obligado de niño a trabajar como un hombre, su cuerpo se transforma en una masa pesada incapaz de extenderse y demasiado rígida para su edad. La necesidad no respeta tampoco al sexo débil, y coloca a las muchachas bajo el mismo yugo que a sus hermanos, incluso a las condenadas de antemano a matrimonios tardíos. Ello da rigidez a sus cuerpos y los predispone a los partos más -difíciles.

 El trabajo es inseparable de la vida de las gentes que tienen a su cargo la noble tarea de cultivar la tierra. En sí mismo dista mucho de ser perjudicial para la salud, y puede, por el contrario, robustecer el organismo y evitarle la legión de enfermedades que la pereza, las pasiones y la glotonería producen en las ciudades. Cuando los campesinos pueden disponer de alguna propiedad y disfrute de bienes y cuando reci­ben una compensación por su trabajo que le permite mantener a su familia, la salud del pueblo florece tan­to como la tierra que cultiva. Todo el mundo tiene que admitir por propia experiencia que la máquina humana se deshace en muy poco tiempo si una ali­mentación de calidad y cantidad adecuadas no susti­tuye lo que cada día ha consumido el trabajo y elimi­nado el sudor. La población esclava es una población caquéctica. La iniciación y la enfermedad se reflejan en la cara de toda la clase trabajadora. Se reconoce a pri­mera vista. Cualquiera que la haya observado no lla­mará a ninguno de sus miembros hombre libre. El término ha quedado sin sentido.

 Antes de que amanezca, después de comer un poco del mismo pan sin fermentar que siempre aplaca a medias su hambre, el campesino está dispuesto para su duro trabajo. Con su agotado organismo labra bajo los ardientes rayos del sol un suelo que no es suyo y cultiva una viña que no le ofrece ninguna recom­pensa. Sus brazos desfallecen, su lengua seca se hunde en el paladar, el hambre le consume. El pobre desgra ciado sólo puede esperar unos granos de arroz y unas pocas legumbres remojadas en agua… La escasez de alimentos y una clase de comida privada de valor nu­tritivo impiden a los ciudadanos realizar esfuerzos físi­cos continuados y los predispone a contraer cualquier tipo de enfermedades. Cuanto más débil es el orga­nismo y más agotado está, más fácilmente penetran en él los contagios como en una esponja seca. De aquí que el hambre —esterilidad de los campos en circuns­tancias adversas— vaya inmediatamente seguida por las epidemias. Hay que atribuirlas no tanto a la pobre calidad de los alimentos como a la fatal predisposi­ción de los organismos a absorber los gérmenes mor­bosos. Los médicos, los cirujanos, los jefes militares y los sacerdotes pueden vivir en la atmósfera corrom­pida del enfermo, estando en íntimo contacto con él, sin ser afligidos por el contagio con tanta frecuencia como los ciudadanos y los soldados pobres, extenuados y deprimidos…

Únicamente puedo aludir a las enfermedades pro­pias de los pobres que se originan por la falta de ropas y de calefacción ante las inclemencias del tiem­po y por una vivienda mugrienta y sucia, o a las as­querosas enfermedades de la piel debidas a la ausen­cia de limpieza corporal y al sudor producido por el continuo esfuerzo. Agobiado con tantas causas de en­fermedad, el pobre está expuesto a numerosas desgra­cias en cuanto sucumbe a una de ellas. Estremecido por la fiebre, se aferra a su duro trabajo para mante­ner a su mujer y a sus hijos hasta que su organismo se derrumba bajo el peso de tanta miseria. Quizá llama a un médico y cuando llega implora su ayuda. La indigencia le niega medicamentos, comida apro­piada y asistencia. Pasan los días y se pierde la ocasión de salvarlo. Entra en un hospital si hay alguno, pero allí está duramente separado de su familia hasta su entierro. Ha podido buscar más pronto este refu­gio, pero en la mayor parte de los hospitales existe tanto peligro de contagio y tan cruel abandono del enfermo pobre que las cifras de mortalidad hospitala­rias son más elevadas que las generales”.


(Trad. Cast. J.M.López Piñero).

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